viernes, 4 de junio de 2010

Una mañana con Winnie

Conocer a Winnie Mandikizela Mandela, la ex de Nelson Mandela, no es algo que pase todos los días.
El jueves 27 de mayo me encomendaron hacerle una entrevista que hoy ha salido publicada en El País, http://bit.ly/9ANK0I, y allá que me fui yo a primera hora de la mañana al Círculo de Bellas Artes de Madrid para escuchar la conferencia que iba a dar la política sudafricana en las jornadas "Sáhara Occidental, una agenda pendiente", organizadas por las Universidades Públicas Madrileñas, la secretaría de Acción Social de la Universidad Autónoma de Madrid y la Consejería de Empleo, Mujer e Inmigración de la Comunidad de Madrid (http://bit.ly/9E2A7v).
Para empezar, decir que repartió estopa a espuertas. Que no se cortó, la señora. Allí dio caña a las universidades, que no se movilizan ni aunque caiga un aerolito. Que, bueno, tal vez no sea el momento de organizar manifestaciones ni correr delante de los grises, digo la policía, pero por hablar un poquito en las clases, organizar alguna asmablea de vez en cuando, ni a profesores ni a estudiantes se les van a caer los anillos.
Pero claro, quien se acuerda ahora con la que está cayendo de que el Sáhara Occidental fue colonia española y que España nunca le dio la independencia, como hizo con otros lugares, como Guinea Ecuatorial, sino que salimos por piernas en cuanto el rey de Marruecos echó por las arenas a los de la Marcha Verde.
Pero claro, como para ponerse a mal con Marruecos (esa parte la cuento en la entrevista).
También le dio a Francia, a Bélgica, a Estados Unidos. Creo que China no salió, pero fue por los pelos.
Y cuando terminó, y se hizo un montón de fotos con todos los saharahuis (o más bien todas, porque sobre todo estaban las mujeres saharauis, que como todos comprobamos con Aminetu Haidar, lo tiene todo muy bien puesto), llegó el momento de la entrevista.
La cosa es que para que sea una entrevista de última página, la redactora debe compartir mesa y mantel ella sola (o lo más sola posible) con la entrevistada.
Pero Winnie había quedado para comer con el primer ministro saharaui y otros ilustres invitados, así que tendría que ser un café. O una comida con muuuucha compañía.
Con la ex señora de Nelson Mandela iba un señor de gafas que la defendía como un león.
"Mira, guapa, ella tiene que descansar antes de comer, así que, si quieres, te da un ratito ahora con el café, lo tomas o lo dejas", me dijo, mas chulo que un ocho.
Ella intentaba aplacarle, con poca insistencia. Pero ahí la gente del Círculo me salvó.
Resulta que querían enseñarme el ático, una terraza enorme que acaban de reinaugurar hace unos meses después de una potente reforma, y en la que, además de exposiciones, se puede disfrutar de una vista de Madrid todo a la redonda Im-Presionante (recomiendo encarecidamente la visita).
Así que les pregunté a los de Mandela: "Os gusta Madrid?". "Sí, sí, claro, mucho". "Pues podéis subir conmigo, que la gente del Círculo me lleva a ver la parte de la terraza, que es nueva y se ve toda la ciudad".
Y allí que subimos.
En el ascensor se podía cortar el aire con cuchillo, salvo por la afabilidad de Mahfud, el encargado de prensa saharaui, un encanto, y Silvia, de Acción Social de la UAM.
Pero, en fin, una vez arriba empezaron (empezamos!) a flipar con las vistas: Que si os hago una foto, que si me haces una foto con Winnie... Y al final su cancerbero acabó haciéndome fotos con el móvil y diciendo: "Oh, yeah, Madrid is very pretty, hahahaha!".
El hielo se había roto, buf, aunque yo no hacía más que pensar que en la cafetería del Círculo no se puede fumar y estaba un poco de los nervios.
Bajamos y nos sentamos en uno de los sofás delante de los ventanales. Y, cuando me voy a poner en acción, va la señora Mandela y me empieza a acribillar a preguntas. Que si la inmigración africana, que si por qué el Gobierno español se lleva tan bien con Marruecos, que dónde están que no se ven los africanos de Madrid, que cómo se vigilan las fronteras si España está rodeada de mar por todas partes menos por una que es el itsmo (y otra, Portugal).
Yo, ante la duda, puse la grabadora a trabajar. La grabadora, grabadora. De los años setenta debía de ser. La única que quedaba la noche anterior en el periódico. Estamos ahorrando...
Cuando la saqué, el misterioso acompañante de Winnie se partía la caja, incluso me ofreció su móvil para grabar. Apunto aquí que lo de misterioso no es licencia poética, es que insistía en no decirme su nombre, pero en una de estas se le escapó: "De los nietos de Winnie, ocho son míos". "Ya está, te cacé", pensé yo. Luego retomo esta parte.
El misterioso ya vio que yo me iba a poner mala porque ya no sabía qué contestarle a la señora Mandela, ni que yo fuera estadista o diplomática (después de esto, igual me pienso lo de dedicarme a la política, jajajaja!), y le dijo: "Vaya, Mamma, estás tú haciendo más preguntas que la periodista, déjala a la pobre que haga su trabajo". Y yo: "Bueno, algo de esto me temía, pero no tal interrogatorio!". Y aquí se partieron los dos de risa y ya fue coser y cantar.
Bueno, no tanto, porque Winnie no dejaba de contestar al móvil, aunque yo mientras tanto no apagué la grabadora del siglo XIX. Lo malo es que el misterioso me estaba entreteniendo con su conversación: "Pues ahora nos vamos a Cuba... Tú no conoces a los Cuban Five?... No, no es un grupo de música, son cinco cubanos que están presos en Estados Unidos, míralo en Internet, jajajajajaja!".
Como Winnie no dejaba de hablar, el misterioso me pidió que apagase el parato y me explicó que les habían dado esa misma mañana una "muy mala noticia". "Mira", me dijo. Y leí un mensaje en su móvil: "Fulano de tal, que trabajaba en el equipo de seguridad de Tata, ha sido hallado asesinado en el barrio de Tal, a las afueras de Soweto". Su mujer le había mandado ese mensaje. Tata es Nelson Mandela.
Oí a Winnie dar consuelo a alguien por teléfono. "Es el padre del chaval, 29 años, qué pena...", me informó el misterioso. "Ay, por Dios, pero cómo ha podido ser así, qué horror, pero cómo fue, cuéntame, y cuando es el entierro, ahora estoy en Madrid pero voy a intentar llegar, yo creo que el viernes estamos de vuelta en casa y te veo, mucho ánimo, sabes que te queremos, son tantos años...". Esta era Winnie.
Cuando cuelga se vuelve hacia mí con lágrimas de rabia en los ojos, sí, las Mandelas también lloran. "Pero qué salvajada, es que le han cortado las manos, y la nariz, cómo se puede hacer eso con nadie, quién tiene derecho a matar a otro! Nadie lo tiene. Mi vida me la ha dado Dios y sólo él me la puede quitar, ni siquiera yo puedo quitármela". Bueno, parte de esto también está en la entrevista.
Le digo que Sudáfrica está mejor de lo que estuvo, pero que tiene fama de ser un país muy violento, sobre todo las ciudades (ellos viven en Johannesburgo). "Pero si en todas partes hay violencia! Mira ahora en Yorkshire, descubren a un tipo que se ha cargado a tres mujeres, prostitutas. Pero por qué alguien se cree con derecho de matar a otra persona porque vende su cuerpo? O porque son mujeres?", exclama. Tiene una profunda voz africana, la verdad. "Mamma, lo hacen porque las prostitutas están más desprotegidas, si alguien las ataca, puede que nadie se dé cuenta en meses", dice el misterioso.
Ahí ya entramos en una denuncia de la violencia contra las mujeres, de la violencia en el seno de la familia (ella nos recuerda a los dos que también hay mujeres que matan a hombres, e incluso a sus hijos). "Violencia por todas partes, pero ¿adónde va a llegar este mundo, por Dios?", insiste la señora.
Al final, el café han sido dos para cada uno de ellos, un zumo para alguien, un café para mí y dos aguas en comandita. Ella no ha querido comer nada. "Sólo come a sus horas", me dijo el misterioso. Le pregunté que por qué, pero sólo me contestaron los sillones de la cafetería. Pero yo sé la respuesta porque para eso hice la noche anterior mis deberes en Internet: es diabética (pero admitirlo sería hablar de sí misma y eso parece que se lo prohíbe su religión).
Nos despedimos entre risas. "Si vienes a Sudáfrica llámame", me dice el misterioso. "Pero si no sé cómo te llamas ni tengo tu móvil, jajajaja! Bueno, toma mi tarjeta y si te apetece, me mandas un email", le digo. "Veremos, según lo que pongas en la entrevista". Ay qué miedo porfavor!
Epílogo: escribo la entrevista (cuando oigo la cinta, me doy cuenta de que casi hablamos más el misterioso y yo que Winnie M.-Mandela, glups!).
La termino y pienso: ahora es la mía. Me meto en Wikipedia y consulto los perfiles de Winnie primero y después de Nelson Mandela. Éxito en este último. El misterioso no puede ser hijo porque los dos varones que tuvo Mandela con su primera esposa ya han muerto. Con Winnie tuvo dos hijas, Zenani (Zena) y Zindziswa (Zindzi). Y Zena se casó en 1976 con el príncipe Thumbmuzi Dlamini, hermano mayor del rey Mswati de Swazilandia. Así que colgué este nombre en Google Images y pensé: "Te cacé". Los príncipes de Swazilandi existen. 20 años más joven, sí, pero aquel príncipe de Swazilandia era nuestro hombre misterioso.
Aun no me han escrito ningún email...

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