martes, 14 de mayo de 2013

Las largas horas del paro

Hace ya dos años y casi medio que dejé mi trabajo y desde febrero soy una parada de larga duración sin prestaciones. Esta situación que comparto con varios millones de personas en este momento en este país me marca, y mucho.
Primero, para ahorrar he dejado de hacer cosas que me gustaban, como estudiar teatro y pintura, y me sacaban de casa. Lo de quedarme en casa es también una estrategia para gastar lo menos posible porque aquí, en Madrid, poner un pie en la calle ya significa que empiezan a salir euros de tu monedero o, lo que es peor, de tu tarjeta. Me quedan unos ahorrillos que tal como está la cosa es justo y necesario estirar toooodo lo posible.
De tanto estar en casa, el tiempo que antes dedicaba a bucear con el ordenador curioseando la vida real o imaginada en Internet, buscando trabajo en unas u otras webs, participando en Facebook o Twitter, firmando peticiones de cambios sociales y políticos, e incluso escribiendo mis propias historias, se ha ido reduciendo y cada vez más dedico tiempo a arreglar la casa. Sin darme cuenta me he convertido en una maruja, personaje que muchas de mi entorno denostarían, y que yo también descalifico por muy útil que vea lo que hago.
Algunas cosas las he hecho bien, como una magnífica manta de ganchillo que me ha llevado la mayor parte de este largo invierno (y que como podéis ver en la imagen, tiene mucho éxito entre hijas y gatas).

Sin embargo, el parón del paro instalado en la sociedad de alguna manera se me ha metido dentro y noto que a mi cerebro le cuesta pensar en actividades con las que de nuevo puedo generar ingresos, porque tengo la sensación de que ahí fuera no hay nada para mí. Y de que aquí dentro no soy capaz de inventarme nada que pueda convertirse en un posible negocio o forma de vida. NI siquiera lo que pensaba que iba a escribir: novelas, guiones, ensayos. Ahí deben de estar, en algún rincón de mi embotado cerebro de parada.
El otro día hablaba con un amigo que está en una de las asambleas del 15M. Me decía que en las convocatorias de manifestaciones, reuniones y demás, se preguntan dónde estamos metidos los más de seis millones de trabajadores en situación de desempleo, si estamos acojonados en casa. Y le contesté que sí, que muchos estamos en casa, paralizados, como si nos hubiera afectado una extraña enfermedad de desesperanza que a veces se convierte en desesperación.
Son muy largas las horas que abarcan desde que a las siete y media de la mañana me levanto para ayudar con el desayuno a mi hija pequeña para animarla a afrontar el instituto y las once y media de la noche donde decido no ver ninguna serie más de las que tengo grabadas para relajarme antes de irme a la cama a leer y, con suerte, dormir. En este momento ya ha pasado la hora de comer y sigo sin tener hambre, de ahí que esté dándole a la tecla.
Parte de ellas las sigo pasando enviando currículos, rastreando cómo van mis opciones, comprobando que muchos amigos están tratando de llevar adelante proyectos con mucha valentía y ganas y que todavía no me he puesto en contacto con ellos porque no se me ocurre qué podría ofrecerles.
Ignoro en este momento todo lo que soy capaz de hacer. Y como yo, muchos otros parados que seguramente están es sus casas estupefactos por haber llegado a esta situación en la que no hay más trabajo, o eso parece. Y eso sin hablar de los que todavía tienen un trabajo y sufren por partida doble, porque no les gusta lo que hacen y porque les da miedo que les despidan (con honrosas excepciones que por supuesto las habrá y desde aquí las aplaudo).
Sin embargo, a pesar de todo, me parece que los parados somos,en este momento, los héroes de esta sociedad. Pero eso lo voy a contar otro día, para no alargarme ahora y para obligarme a volver a escribir en este blog. Gracias por llegar hasta aquí.