jueves, 25 de febrero de 2010

Quién sabe dónde

Esta mañana he tenido un atisbo de comprensión hacia quienes lo dejan todo atrás sin despedirse. Los que se escapan. Los que se van.
Me he acordado de aquel programa, 'Quien sabe dónde', tan generoso en historias y en la sugerencia de cientos de finales para muchas otras que nunca se resolvían.
Me imaginé a algunos de los que no daban noticia durante años, para luego aparecer en algún lugar empujados por la presión mediática de aquel espacio de tanto tirón.
Me acuerdo de una mujer que se había ido de un día para otro, dejando a su marido y a sus hijas, tres creo que eran, ya adolescentes o jovencitas.
En aquella familia no se reconocían problemas. Nada de maltrato, apenas las discusiones típicas con sus padres de las adolescentes. Adolescentes de los de entonces, que eran menos fieros que los de ahora, todavía no había nacido la Generación Emperador.
La madre, además de echar para adelante con la casa, salía a trabajar limpiando en el Ayuntamiento de la localidad, donde todo el mundo la conocía y era muy querida.
Y un buen día se fue.
Ni rastro.
Detrás de ella quedó la angustia de no saber si estaba viva o muerta, en cualquier caso, dónde? Porque ésa era la pregunta clave: dónde?
Pero llegó el programa y resultó tan fácil de localizar como que hacía pocos meses había renovado el carné de identidad y vivía, de eso también me acuerdo, en Asturias.
En un pueblecito parecido al que dejó, pero con mar. Vivía con un señor con el que no se había casado, y ella misma llamó al programa para contarlo.
Dijo que no sabía por qué se había ido, pero que ya no podía más y tuvo que hacerlo. Que lo sentía mucho (lloraba) por lo mal que lo había hecho pasar a tanta gente que la quería, que la necesitaba, pero que ella había necesitado irse y ahora quería seguir donde estaba, sin que nadie fuera a buscarla. Que más adelante, cuando estuviera preparada y si habían sido capaces de perdonarla, volvería, o les diría dónde estaba para que fueran a verla.
Yo entonces no entendí nada, pero ahora lo entiendo todo.
Tanta gente que la quería. que la necesitaba. ésa era la clave: que la necesitaban.
Tanto la necesitaban que no la dejaban respirar. Era tan imprescindible para otros que ya no quedaba espacio en su vida para ella misma.
Y se fue. Un arrebato, y se fue con lo puesto. El carné de identidad entre lo puesto, como luego se vio.
Ahora, con todo el control informático, tal fuga sería más difícil. Pero no imposible.
Cuánta gente se echa encima obligaciones, obligaciones y obligaciones y, en vez de ir soltando poco a poco para buscar un espacio para sí mismos, se escapan de su propia vida...
Algunos no se van de casa, pero no están en ella.
Otros sí se van, y procuran que no se sepa mucho de ellos.
La vergüenza por no responder a las espectativas de quienes les esperan les corroe.
Así que escapan para meterse en una jaula distinta, pero en la que tienen la misma libertad que antes: ninguna.
Y, mientras, los que dejan atrás se preguntan qué pudieron hacer mal, o qué pudieron hacer y no hicieron.
Y lo que no saben es que lo único que podrían hacer es lo que no podrán hacer: dejar de necesitar a quien se fue. Dejarles marchar. Despedirles y echar a andar sin la carga de su ausencia.
Adelante, libres ya de aquella persona a la que tanto necesitaban. O ¿no la necesitaban tanto?

martes, 23 de febrero de 2010

Pequeños apuntes personales

El cambio, lo único que permanece.
Pues qué barbaridad. Porque empezar a cambiar es un no parar. Todo empieza a acelerarse y ya no me reconozco ni en la que era hace dos semanas. Bueno, no exageremos, hace dos meses.
Es curioso, porque la mayoría de la gente a mi alrededor no nota nada, pero yo les veo completamente diferentes. Procuro tratarles como si todo siguiera igual, o más bien les sigo la corriente hasta donde puedo, para no descolocarlos demasiado.
Y, a todo esto, yo, con tantas ganas de escribir, y de salto en salto no he conseguido sentarme a hilar una línea.
Hace nada que me me iba a esquiar a Andorra, y ya estoy a punto de viajar a Galicia unos días. Y, entre medias, mucho de casa al trabajo y del trabajo a casa, pero todo vivido con una intensidad como si fuera una aventura, porque cada día me encontraba con algo nuevo que, sí, se parecía mucho a lo del día anterior, pero no tenía nada que ver.
Dado que, objetivamente, nada fuera de mí había cambiado, la que debía de haber cambiado era yo. Pero, como? en qué?
Echo la vista a atrás para compararme y las diferencias son tan abismales que me da vértigo, pero cada vez me reconozco más como yo misma, como si ahora estuviera cambiando para volver a ser yo, y quien he estado siendo antes fuera alguien extraño a mí.
A estas alturas, ya supongo, algunos ya habréis pensado que he enloquecido ya del todo. Puede ser, aunque esta forma de estar loca no me hace sufrir como otras formas de estar en la vida que he conocido antes.
Seguiremos informando.